Soy autor, soy jardinero

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Cada letra que escribía era una nueva hoja que crecía en aquel viejo y frondoso poema. Algunos ven un árbol, como cualquier otro. No los culpo. Solo aquellos de alma noble podría ver la magia detrás de la frondosidad.
Aun recuerdo cuando sembré la idea en la tierra, y cuando escribí sus primeras hojas, cuando florecieron sus primeras palabras. Una a una. Muy pronto fue lo suficientemente grande para ser notado por aquel que pasase cerca. Cada risa era un botón que en flor se convertía. Cada lágrima era una hoja que el viento desprendía.
Así fue creciendo y arraigándose en el tiempo junto a las demás obras de mi jardín.
Ese martes de marzo, cuya fecha aún se puede leer en mi lápida, no fueron buenos los tiempos venideros para mi pequeño árbol. La tristeza pintaba de tono marrón y de vejez. Las letras se borraban y se las llevaba el otoño.
Pero cada vez que la obra es leída, un toque de verdor florece. Vuelve a la vida. Cada retoño es una nueva idea inspirada en el autor que comprende el valor del sentimiento impreso. Cada árbol que cae en nombre del arte, nunca muere, renace entre letras escritas en una hoja de papel.
La literatura nunca muere, y de eso estoy seguro.

Daniel Amato
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