¿Qué tan bueno es ser bueno?

Cuando era pequeño no conocía la maldad. Con los años fui notando algunos actos no tan admirables, pero enseguida pensaba que los autores lo hacían involuntariamente y sin alevosía. Hoy día todo es muy diferente a como lo recuerdo. No se que tan crudo es el ahora o que tan engañoso fue mi infantil pasado. Me destruye ver en sus rostros lo que parece ser un gesto de placer. Agredir a otra persona, con golpes y torturas. Más grave que pensarlo, es hacerlo, y más doloroso que eso, es disfrutarlo.
Estoy empezando a creer que de hecho hay malicia, que es perversa, depravada e inquietante, posiblemente innata.

Temo que algún día despierte y vea todo normal. No porque la humanidad mejore, sino porque me acostumbre a lo malo. Quiero desconectarme antes que llegue ese día en que no pueda reconocer el mal aún teniéndolo al frente, antes que invada mis manos.

Estoy débil, agotado, arruinado, descorazonado, decaído. Pero a pesar de eso, valoro mi depresión, porque me hace saber que aún soy vulnerable. Cuando la maldad me alcance, desearía que mi primera victima sea yo.

Sospecho que mi pasado no fue real y es difícil aceptarlo.

Daniel Amato
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El Suicidio

Despertó, miró a su alrededor y no reconoció nada. El reloj marcaba las 11:59am. Levantó su cuerpo de la cama, se acercó a la repisa donde había un arma con 2 balas cargadas. Había una nota a su lado que decía “Perdóname por lo que haré”. Tomó la pistola tan nervioso que una bala disparó en dirección al espejo. Se quebró al instante en mil pedazos, y las palomas volaron despavoridas. No le dio tiempo de reconocerse en el reflejo. Decidió salir de su habitación y al no encontrar respuesta decidió salir del apartamento. Lo primero que notó fue que el elevador no funcionaba. De pronto escuchó un sonido que lo atormentó y un hombre que gritaba de dolor. Parecía provenir de la azotea. Con miedo, pero muy curioso, cargó de nuevo el arma y decidió tomar el camino de las escaleras. En el último piso había una puerta entreabierta. Miró muy sorprendido y vio un hombre de pie con una pistola apuntando a otro desangrado en el suelo. El cielo estaba despejado. A los pocos segundos se escuchó otro disparó, pero esta vez no había sido del arma del asesino, provenía de uno de los apartamentos de abajo. Las palomas nuevamente estaban turbadas y volaban desordenadas sobre aquella escena. Esperó unos minutos, y en el preciso momento en el que el asesino parecía estar despistado decidió hacer justicia por su cuenta, abrió la puerta bruscamente y dijo con voz fuerte y firme — Perdóname por lo que haré. Estaban ellos dos. Apuntó al corazón ajeno, presionó su dedo contra el gatillo dejando al asesino tirado en el suelo gritando de dolor. Se quedó pocos minutos apuntando su pistola ya descargada. Se escuchó otro disparo, pero esta vez no sabía de donde provenía, notó que las palomas volaban aturdidas una vez más sobre ellos. Sin notarlo, la puerta, que de alguna manera estaba cerrada, volvió a abrirse, y un hombre le gritó — Perdóname por lo que haré.

Daniel Amato
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La taza de té

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Todos piensan que fue mi intención hacerlo. Están en lo cierto. Sus voces traspasaban la madera, yo podía oírlos hablar y sentir su nostalgia. Jamás imaginé que alguien lloraría mi nombre. Tampoco supe la razón de su presencia, siempre a mi lado. Quizás fue el sentimiento de culpa y las sospechas.

Ayer yo sabía muy bien lo que ocurría. Ella me preparó esa bebida dulce con un toque de amargura y tristeza, miré sus ojos por unos segundos, estaban llenos de ansiedad, bajé la mirada hacia la taza de té, tomé unos cuantos sorbos y me saboree los labios. A los pocos minutos dejé de ser yo para empezar a ser alguien más, alguien que observa de cerca mi cuerpo inmóvil en la mesa, como aquel narrador que conoce bien su personaje.

Siempre la amaré, no me arrepiento por lo que hice. Juré hacerla feliz, y esa era la única manera de cumplirlo. Siempre lo supe, fui cómplice de mi propia muerte.

Daniel Amato
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El libro y su obra

Este era un libro muy sabio. Un día decidió dejar de ser tan pasivo y actuar a favor del mundo. Esa fue la vez emprendió la tarea de escribir un niño. Fue escribiendo cada capítulo de su cuerpo, cada sentimiento. Había pasado nueves meses escribiendo esta grandiosa obra maestra y anhelaba que fuese leída por todos los libros que conocía en la biblioteca. Le presentó el niño a cada uno de ellos.

Los libros de ciencia estaban muy ocupados con sus leyes y cálculos como para perder tiempo en leer al niño.
Luego fue a la sección de novelas, pero todas estaban llorando y muy deprimidas, no podían leer en esas condiciones, estaban muy triste.
Continuó, seguían los libros de biografías, a esos libros empolvados y egocéntricos simplemente no les importaba leer al niño.
Así, el libro más sabio de todos pasó años escribiendo a este niño y buscando algún otro libro que leyera su desolada obra, quien ya había crecido y aún no había sido leída.
No perdía las esperanzas, llegó hasta los libros de cuentos y literatura, pero todos estaban muy despreocupados y no prestaron atención. Por último fue hasta los libros de historia, estaban tan saturados que no querían saber de nada ni de más nadie en el mundo.
El libro sabio ya no sabía que hacer, desesperado y en su última instancia llegó a las revistas, pero todas estaban en diversas conversaciones, a ninguna le interesaba leer al niño.

Nadie tenia el tiempo o el interés para leer una historia. ¿Acaso vale la pena vivir en un mundo así?

El libro sabio decidió terminar su obra, narró la soledad y tristeza, sus últimos pasos, hasta sus ultimas respiraciones, y así fue como el niño, convertido en anciano, dejó de existir.

Daniel E Amato