El Suicidio

Despertó, miró a su alrededor y no reconoció nada. El reloj marcaba las 11:59am. Levantó su cuerpo de la cama, se acercó a la repisa donde había un arma con 2 balas cargadas. Había una nota a su lado que decía “Perdóname por lo que haré”. Tomó la pistola tan nervioso que una bala disparó en dirección al espejo. Se quebró al instante en mil pedazos, y las palomas volaron despavoridas. No le dio tiempo de reconocerse en el reflejo. Decidió salir de su habitación y al no encontrar respuesta decidió salir del apartamento. Lo primero que notó fue que el elevador no funcionaba. De pronto escuchó un sonido que lo atormentó y un hombre que gritaba de dolor. Parecía provenir de la azotea. Con miedo, pero muy curioso, cargó de nuevo el arma y decidió tomar el camino de las escaleras. En el último piso había una puerta entreabierta. Miró muy sorprendido y vio un hombre de pie con una pistola apuntando a otro desangrado en el suelo. El cielo estaba despejado. A los pocos segundos se escuchó otro disparó, pero esta vez no había sido del arma del asesino, provenía de uno de los apartamentos de abajo. Las palomas nuevamente estaban turbadas y volaban desordenadas sobre aquella escena. Esperó unos minutos, y en el preciso momento en el que el asesino parecía estar despistado decidió hacer justicia por su cuenta, abrió la puerta bruscamente y dijo con voz fuerte y firme — Perdóname por lo que haré. Estaban ellos dos. Apuntó al corazón ajeno, presionó su dedo contra el gatillo dejando al asesino tirado en el suelo gritando de dolor. Se quedó pocos minutos apuntando su pistola ya descargada. Se escuchó otro disparo, pero esta vez no sabía de donde provenía, notó que las palomas volaban aturdidas una vez más sobre ellos. Sin notarlo, la puerta, que de alguna manera estaba cerrada, volvió a abrirse, y un hombre le gritó — Perdóname por lo que haré.

Daniel Amato
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#Compartido El Suicida

Autor: Enrique Anderson Imbert

(Argentina, 1910-2000)

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.

Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.